miércoles, 26 de junio de 2013

Con el ojo erótico

He tenido lecturas eróticas como todo el mundo, o por lo menos pornográficas, que son más fáciles de encontrar y definitivamente están en todas partes, no así con el tema de lo erótico. Hay autores que me gustan, incluso en la gráfica o en los comics, como es el caso de Milo Manara donde te sumergen en un mundo de placer y sensaciones carnales. Pero en las palabras la mente viaja y creas los personajes aunque te den una descripción física y psicología.

Les contaré mientras enciendo un cigarro en la intimidad de mi casa lo que me sucedió con tres libros cargados de simbolismos. La llama de mi cigarro me recuerda el primer libro donde la lumbre no es literal pero encienden a la gente y a los pobladores de Comala. Me refiero a Pedro Páramo de Juan Rulfo ese relato con rasgos de humanidad, colmado de violencia, de abuso de poder, de murmullos que se meten en los oídos y llevan a la muerte, pero esto no dejó de lado a tema que me enfocaré, lo erótico.

El autor en ese asombroso texto me introdujo en la sensualidad de los personajes, llevándome a escenas pasionalmente sutiles. Con complejas personalidades como Susana San Juan, la locura de una mujer al perder al amor de su vida, y al ser abusada sexualmente de su padre.

Es así como comienza mi historia. Dolores estaba por casarse con Pedro Páramo pero le dijeron que tuviera cuidado porque esa noche la luna estaba brava; Ella le pide a su amiga Eduviges Dyada que la reemplazara en la noche de bodas, pero antes van a ver a un curandero que le dice: <>, a esto Eduviges cuenta lo que hace el curandero primero en la yema de los dedos, luego restregando las manos; después los brazos, y acababa metiéndose con las piernas de una, en frío, así que aquello al cabo de un rato producía calentura. Uf, esa calentura que le da a una al leer semejantes cosas, y dejé que el curandero me curara a mí también.

Así mismo con artilugios se armó de valor Eduviges para esa noche acostarse con Pedro Páramo, ella sentía atracción por el esposo de Dolores. Me sentía cómplice en esa noche, vi la habitación completamente oscura, vi a Pedro y sabía que me iba hacer, bueno a Eduviges, no, más bien a Dolores, pero lo que él no sabía es que no era Dolores, que Eduviges estaba en su lugar y dentro de Eduviges estaba yo, sintiendo su cuerpo como lo sentía ella, con esa complicidad envolvente. Así pasó lo que tenía que pasar y dejé a Eduviges en la cama para que al cabo de un rato se retirara para que Dolores tomara su lugar.

Una parte del relato que me causó sentimientos encontrados fue cuando Juan Preciado encontró a Donis y su hermana que vivían juntos, dormían en la misma cama donde él la hacía suya. Ella en un momento ve a Juan Preciado tiritar y piensa que estaba sintiendo lo mismo que ella sentía cuando su hermano la tomaba. O en otra escena donde Ella le dice a Juan Preciado:

-Donis no volverá. Se lo noté en los ojos. Estaba esperando que alguien viniera para irse. Ahora tú te encargarás de cuidarme. ¿O qué, no quieres cuidarme? Vente a dormir aquí conmigo.

- Aquí estoy bien.

-Es mejor que te subas a la cama. Allí te comerán las turicatas.

Entonces fui y me acosté con ella.

Y aunque en el relato nunca se menciona el acto en si yo pensaba en la relaciones de los hermanos, siembre hay algo sexual entre ellos, un descubrimiento, un juego inocente, un roce, una caricia, que uno no sabe qué hacer.

Pero sin duda donde me dejé guiar por la sensualidad, el erotismo y el mar, fue en el relato de Susana San Juan y su amado.

-       En el mar solo se me bañar desnuda- le dije. Y él me siguió el primer día, desnudo también, fosforescente al Salir del mar. (…) Me gustas más en las noches, cuando estamos los dos en la misma almohada, bajo las sábanas, en la oscuridad.

-       Y se fue.

-       Volví yo. Volvería siempre. El mar moja mis tobillos y se va; moja mis rodillas, mis muslos; rodea mi cintura con brazos suaves, da vuelta sobre mis senos; se abraza de mi cuello; aprieta mis hombros. Entonces me hundo en él, entera. Me entrego a él en su fuerte batir, en su suave poseer, sin dejar pedazo.[2]

Así mismo fue como me dejé llevar por el mar, sentí entre mi cuerpo la marea palpitante del amor, sentí mis hombros apretados, las piernas mojadas y me entregué a la lectura. Me sentí Susana San Juan.

Inhalo la última bocanada de humo y apago mi cigarro, que deliciosa sensación. Esos relatos siempre me maravillan.

Prosigo con el orden cronológico de lecturas. Continúo con la novela de la revolución Los de Abajo. Ser cómplice de una revuelta tan importante en América latina y con un contexto

altamente belicoso, es complejo encontrar herramientas de seducción cuando el momento se vive al minuto. Pero Mariano Azuela muestra indicios de las provocaciones que se someten algunos personajes o que se exponen, como es el caso del peculiar personaje de La Pintada.

La Pintada apareció de pronto en medio de la sala luciendo un espléndido traje de seda de riquísimos encajes[3].

Se sentía toda una dama, la más guapa de las mujeres que aquí podían estar (aunque la mayoría eran hombres), con esa elegancia que se cargaba sombre su cuerpo de mujer vivida, se dejó deslizar por la sala para pedir sus medias.

-       ¡Epa, tú, Pancracio!... Anda a traerme unas medias azules de mis “avances”.[4]

La mujer es astuta y siempre buscaba llamar la atención de alguna manera, esta arma pretendía disparar a los hombres, llegar precisamente a provocar sentimientos de atracción hacia ella, La Pintada. Aunque es un personaje dominante no todas las escenas de atracción giraron en torno a ella.
El Güero Margarito en una de sus perores borracheras se le ocurre gritar en plena fiesta:

La Pintada ya me hartó…y ese querubincito del cielo no arrienda siquiera a verme… Luis Cervantes notó que la últimas palabras iban dirigidas a su novia, y con gran sorpresa vino a cuentas de que el pie que sentía entre los de la muchacha no era de Demetrio, sino del güero Margarito.[5]

Si bien se demuestran en ocasiones la coquetería y la seducción, es de forma muy silvestre, llega el punto de tomar las cosas por las buenas o por las malas.

Así fue el caso de la novia de Luis Cervantes, la cual fue tomada por las malas. Al retirarse Luis con su novia, la condujo a su recamara; pero antes de cerrar la puerta Demetrio, tambaleándose de borracho, se precipitó tras ellos. Luego la Pintada siguió a Demetrio, y comenzaron a forcejear. Demetrio, con los ojos encendidos como una brasa y hebras cristalinas en los burdos labios, buscaba con avidez a la muchacha.[6]

 Al día siguiente de esa reunión agitada, Luis Cervantes despierta y recuerda haber dejado a su novia en un cuarto. La Pintada le dice que la encerró y que la va a pasar la llave del cuarto.

La Pintada se levantó a darle la llave; pero tampoco la encontró y se sorprendió mucho.

Estuvo largo rato pensativa.

De repente salió a toda carrera hacia la puerta de la recamara, aplicó un ojo a la carradura y allí se mantuvo inmóvil hasta que su vista se hizo a la oscuridad del cuarto. De pronto, y sin quitar los ojos murmuró:

-¡Ah, güero… jijo de un…! ¡Asómate no más, curro![7]

Es el caso cuando uno se comienza a enamorar, que o sabe cómo, ni porque, pero te gusta y eres aun un niño para aprender que no solo con formas silvestres de demostrar el amor se puede encantar a alguien. O como pasaba con nuestros abuelos o bisabuelos, muchos arrebatados para casarse, como mi bisabuela, que un hombre a caballo se la llevó y eso que en Chile no estábamos en la revolución.

Maravillosas historias giran en relación a la revolución y seguramente a unas mujeres y hombres cargados de pasión y noches a escuras, entre algunos vagones se desbordó el erotismo más lujurioso.

Hay actos extraños en la vida (prendo otro cigarro), es curiosos como el sexo no explicito, no la penetración literal pude provocar tantas cosas, la sensualidad de unos labios, el rose profundo de las manos en los hombros, en la espalda, un beso bien dado es sin duda hacer el amor. Desabotonar la ropa puede hacer que el corazón salte de emoción.
Es así como se describe una escena del tercer libro, Crónica de una muerte anunciada, el relato es narrado en Colombia. Donde el calor abunda. Encontré a María Alejandrina Cervantes despierta como siempre al amanecer, y desnuda por completo como siempre que no había extraños en casa.[8]

Así mismo me gustaba estar a mí en los días de calor, o en esas noches que uno tiene los sueños más provocadores, estimulados por el ardor del verano o la primavera. Soñé que una mujer entraba en el cuarto con una niña en brazos, y que ésta ronzaba sin tomar aliento y los granos de maíz a medio masticar le caían en el corpiño. La mujer me dijo: (…); De pronto sentí los dedos ansiosos que me soltaban los botones de la camisa, y sentí el olor peligroso de la bestia de amor acostada a mis espaldas, y sentí que me hundía en las delicias de las arenas movedizas de su ternura. [9]

Así se transforman las noches, las mañanas y las madrugadas, el ardor recorre los cuartos, las mentes y los cuerpos por las noches, solo hace falta activar algo en lo más profundo de nuestros sentidos o recuerdos para volvernos locos.

Fue como le sucedió a Ángela Vicario: Llevaba mucho tiempo pensando en él sin ninguna ilusión cuando tuvo que acompañar a su madre a un examen de la vista en el hospital de Riohacha. Entraron de pasada en el Hotel del Puerto, a cuyo dueño conocían, y Pura Vicario pidió un vaso de agua en la cantina. Se lo estaba tomando, de espaldas a la hija , cuando ésta vio su propio pensamiento reflejado en los espejos repetidos de la sala. Ángela Vicario volvió la cabeza con el último aliento, y lo vio pasar a su lado sin verla, y lo vio salir del hotel. [10]

Es esa presencia de él, te llama aunque no lo veas, su sola presencia, su cuerpo, su mente y nuestros deseos hacen saber que él está. Que te llama sin verte.

Y las raciones son claras. Le bastaba cerrar los ojos para verlo, lo oía respirar en el mar, la despertaba a media noche el fogaje de su cuerpo en la cama.[11] Así comenzaron sus caratas, donde, la primera fue muy discreta y solo relataba lo vivido en el hotel, después esperó sin respuesta, así que escribió otra, y cada dos meses le escribía, solo con el consuelo que a él le llegaban. Cuantas más caratas mandaba, más encendía las brasas de su fiebre.[12] Así fue como se pasó media vida escribiendo cartas a sus amados a distancia, dejándose llevar por las efusiones que le estimulaba saber que él recibía sus caratas. Mientras pasaba el tiempo las cartas subían de tono y eran de una verdadera amante, una cómplice y adolecente enamorada, para llegar a la mujer sola. Algunas veces le mandaba sus lágrimas al no saber que escribir, y todo el mundo le ha pasado ver como la tinta se chorrea llevándose el color, el amor, y los deseos.

Pero para Ángela Vicario no fue el fin. Una madrugada de vientos, por el año décimo, la despertó la certidumbre de que él estaba desnudo en su cama. Les escribió una carta febril de veinte pliegos en la que soltó sin pudor las verdades amargas podidas en el corazón[13]
Así sentí mi corazón, palpitar tan fuerte por el último trago de aliento que ella le pudo mandar, en la depuración misma de los calores del amor. (Veo mi cigarro, está consumido en el cenicero con una larga ceniza, huella de lo que fue).

Complejos relatos de amor y locura, de esa locura del deseo por el otro, de los calores más profundos que se ocultan en nuestras piernas, esas ideas palpitantes que llegan al pecho para apretarlo como si estuvieran en un puño, con esa energía que desprendemos las personas al entregarnos, así fue como me entregué a cada historia, cada texto, cada novela, que me sumergió a mis más ardidos sueños eróticos. Así soy y cada vez que encuentro algo relacionado con la intimidad de los cuerpos lo observo con el ojo erótico.  

Bibliografía

Azuela, Mariano. Los de Abajo. Fondo de Cultura Económica.
García Márquez, Gabriel. Grónica  de una muerte anunciada. Editorial Diana.
Rulfo, Juan. Pedro Pàramamo y El llano en llamas. Editorial Planeta.




[1] Rulfo, Juan. Pedro Páramo y El llano en llamas. Editorial Planeta. P. 63.
[2] Ibid. P. 102.
[3] Azuela, Mariano. Los de abajo. Fondo de Cultura Económica. P.82.
[4] IDEM
[5] Ibid, p.85.
[6] Ibid. p.86.
[7] Ibid. p.88
[8] García Márquez, Gabriel. Crónica de una muerte anunciada. Editorial Diana. P. 82.
[9] Ibid. P. 83.
[10] Ibid. p.97
[11] IDEM
[12] Ibid, p. 98.

[13] Ibid, p. 99.



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