lunes, 17 de junio de 2013

Ertas

Ella normalmente no hablaba con la gente, le gustaba estar sola y pasear por aquellos pasillos de su casa, llenos de frialdad. Le gustaba su jardín central, su vestido rozaba las plantas llenas de rocío, le mojaban los pies descalzos, esos pies que no estaban precisamente muy bien cuidados por el constante caminar sin calzado Su cabello era largo y negro como la noche, su piel clara como la nieve que no cocía. Cuando llegaba el atardecer se sentaba en el suelo a ver las nubes cambiar de color, el crepúsculo las tornaba naranjas para luego dar entrada como un telón a la noche.
Fue así como comenzó todo, una noche cualquiera de sus cotidianos andares y esos insomnios que no la tumban en su camastro. La luna oculta sin ser testigo de ese extraño acontecimiento. Por fin estaba sintiendo el cansancio en sus ojos, después de un té calentito se comenzaba a relajar y se sentaba a esperar, le agradaba. En ese momento podía entre ver cosas misteriosas mientras sus ojos se juntaban y esa vez no fue diferente. Una figura oscura paseaba con rigidez del otro extremo del patio, no le sorprendió porque siempre podía entre ver cosas. Pero aquel personaje misterioso se acercaba a su lado. Su curiosidad la hizo abrir los ojos con asombro.  Lo tenía al frente, entre trapos se dejaba ver un hombre alto, delgado, ojeroso pero en esa mancha oscura se veían sus ojos profundos.
Ese fue el inicio de esos paseos nocturnos donde ella cada noche lo esperaba para sentir como él la tomaba con sus manos frías y rígidas para introducir su larga lengua húmeda en su boca que aflojaba con gran placer. Nada molestaba su rito nocturno ya que ella vivía sola. Cada ocaso calentaba la tetera, esperaba que las hierbas coloraran su taza y esperaba en el patio la llegada de ese ser que alcanzaba por las noches sus manos igualmente gélidas. Para espantar la hipotermia, luego despertar en el suelo del patrio con las ropas alborotadas.

Así pasaron años y se notaba el paso de los días en lo que se puede llamar pieles. Pero en una de las tantas tardes de espera ella se mantuvo rígida. Su amado llegó a verla y ella por intoxicada e inmóvil se quedó esperando. Igual que él al darse cuenta de que la mujer de largo cabello negro ya no respiraba, se sentó a su lado y al poco tiempo murió de ertas.  

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